Niños Mutantes: “En Venezuela hay vida más allá del reguetón”


La banda española Niños Mutantes se presentó por primera vez en Caracas con su repertorio más reciente y musculoso, el surgido en sus discos Diez y Diez&Medio. Conversamos con ellos sobre música, experiencias y Venezuela
Texto: Víctor Amaya | Publicado en TalCual el 19 de septiembre de 2018


El primer viaje de Niños Mutantes a Venezuela comenzó agridulce. Apenas días antes de embarcar con rumbo a Caracas, Nani Castañeda, el baterista del grupo, perdió a su hermano. Entonces, la primera gira de la banda de Granada (España) por Latinoamérica –Venezuela, Panamá, Colombia– debió adaptarse.

Luego se endulzó. En formato acústico, y como trío, los españoles presentaron su repertorio en el Anfiteatro El Hatillo, gracias a la alcaldía, sus dependencias culturales y la Embajada de España en Venezuela. Lo hicieron sin batería, pero con percusión a cargo del bajista Miguel Haro (quien también hizo gala de su dominio en la guitarra).

“El acústico lo tenemos muy rodado, y bueno, ofrece unos matices sobre las canciones totalmente diferentes. De hecho, el acústico deja más desnuda la canción en sí, el propio mensaje de la canción sale mucho más disparado, y queda más en primer plano”, nos decía el vocalista Juan Alberto Martínez antes de la presentación.


El sonido estuvo a la altura, destacando en el manejo del ambiente íntimo y los juegos corales del grupo en un espectáculo que combinó buena parte de las canciones de sus discos más recientes, Diez y Diez&Medio, con éxitos “de toda la vida”, como la infaltable “Errante”.

En Caracas vivieron una nueva primera vez, como lo afirmaba Juan Alberto: “intentamos centrar todo el peso en lo último que estamos presentado. Somos un grupo que vive muy del presente. Nos sentimos muy orgullosos de lo que hacemos en nuestra última canción, la que nos dé más ganas de sacar de paseo. Tratamos, claro, de hacer un recorrido por toda nuestra trayectoria, pero en este caso con la ilusión de que es como un primer concierto de nuevo, luego de 20 años juntos”.


A la capital venezolana llegaron con más recomendaciones gastronómicas que musicales: arepas, cachapas… La Vida Bohéme (conocen a Henry D’Arthenay, su vocalista). Apenas pisaron la capital recibieron otra: Tomates Fritos, para escuchar más que para masticar. Sabían que llegaban a un territorio donde, a pesar de los pesares, “hay vida más allá del reguetón”, confirmaba Juan Alberto cuando comenzamos a hablar sobre sus dos décadas de trabajo mutante.

–Al disco Diez ustedes lo han calificado como una auténtica batalla, luego de enfrentar un conato de separación. ¿Les ha servido para expurgar demonios como autores, como compañeros, como artistas?

Andrés López (guitarra): Rotundamente sí. Bueno, este disco es bastante especial para nosotros. Esto suena un poco de Perogrullo, pero cuando un artista saca un disco, será lo primero que diga. En nuestro caso, no es un disco cualquiera, es el décimo y da un poco de vértigo porque, como dice Juan Alberto, Los Beatles no grabaron nunca diez discos y nosotros vamos casi por once si contamos Diez&Medio. Entonces, intentamos hacer algo con mucha calma, muy meditado. Somos un matrimonio bien avenido, una familia que nos conocemos desde hace muchísimos años, siempre hemos presumido de ser muy buenos amigos, y pues como todas las familias, tuvimos un día un roce más fuerte de la cuenta, que tuvimos más bien que airear. Fue algo que tambaleó los cimientos del grupo a nivel personal, que obviamente se traslada al plano musical. Hay una canción que se llama “NM”, que se ha convertido en un buque insignia de y para nosotros porque es la conclusión de lo que ocurrió, que por encima de nosotros está la música.

–¿Cuál fue el desafío mayor para completarlo?

Juan Antonio (voz): El reto personal que ha puesto Andrés, el reto de las relaciones, de una crisis. El desafío musical fue, en primer lugar, huir, salirnos de nuestra zona de confort. Nosotros llevábamos seguidos tres trabajos, Las noches de insomnio (2010), Náufragos (2012) y El futuro (2014), que eran discos que iban transitando una senda de canción pop, muy perfecta, muy concreta, y dulcificándonos. Y aunque era un camino que nos estaba funcionado muy bien, en España a nivel de público habíamos crecido exponencialmente, nos sentíamos muy cómodos, sentíamos que éramos muy capaces de hacer canciones muy redondas, no queríamos continuar por ese camino. El décimo disco y la crisis personal nos hizo replantearnos muchas cosas, incluso el camino de la banda. Decidimos tomar una opción de riesgo, que era enfrentarnos a una música más oscura, que volviera a recuperar músculo, meter los dedos al enchufe. Entonces, es un disco con mucho más nervio, y menos amable que lo que estábamos haciendo en los últimos tiempos.


–Todo riesgo implica un vértigo. ¿Sintieron que la puntada podía reventarles en el dedo?

Miguel Haro (bajo): Yo no tuve miedo en ningún momento, pensaba que el equipo tenía que triunfar sí o sí. También era la vez que quizá teníamos más canciones para poder seleccionar y eso nos daba cierta seguridad de afrontarlo. Otra cosa que hicimos también fue dejar de lados los medios tiempos. Estábamos instalados en un tiempo muy cómodo para la ejecución de las canciones, y ese tiempo lo elevamos.

–De hecho, hay canciones con mucho cuerpo. ¿En qué punto de la preproducción o de pensar estas canciones, se determinó hacerlas así con músculo?

AL: Esa zona de confort es un poco reiterar lo que habíamos hecho antes. Esas canciones más amables, más folk, y buscábamos eso. De hecho, entre las maquetas y la grabación del disco, hay una leve diferencia. Y por eso la elección que de César Verdú y Abraham Boba (productores) que ya conocía muy bien ese sonido que nosotros buscábamos. Nosotros hacíamos las canciones, ya las teníamos hechas, pero esa vena gruesa que hay debajo, subidas de velocidad, bajo agresivo, esos colchones en grave, quizá fue parte de lo que buscaba la producción. Era premeditado, pero necesitábamos ayuda para conseguirlo.


–Náufragos se mostraba molesto, crítico. El futuro era un reto a los tiempos por venir. Ahora, ¿ese futuro nos ha alcanzado o seguimos esperando que todo salga bien, como cantaban en el sencillo de aquel disco?

JA: Diez es la evolución.  Llegamos a Diez en medio de una crisis personal, y no podemos negar la edad que tenemos, esa famosa crisis de los 40. Entonces es un disco con un ambiente más acido, mientras que El futuro pretendía insuflar una inyección de positividad. En Diez hay un poco de rienda suelta a ese sentimiento de desencanto social, o personal, a una forma más acida, más corrosiva, de la vida que nos rodea, el entorno social.

–La canción “Menú del día” describe una sociedad muy autómata. ¿Es aplicable más allá de la española, y hacia este lado del mundo?

JA: Hablar de la realidad venezolana para nosotros es muy complicado porque tenemos la sensación de tener un nivel de desinformación muy grande, porque los medios en España nos hablan de cosas muy opuestas. No tenemos claro si algo como “Menú del día” es trasladable. Habla de una realidad española, o europea o de un mundo occidental, basada en la sociedad de consumo más atroz, la única religión el dinero, el consumo, el automatismo y la alienación de trabajo para ganar plata, y gastarla inmediatamente en  una espiral, bastante absurda, en la que queda poco espacio para que nos desarrollemos como personas.


Diez es un disco de alto contraste. Desde la fotografía de portada. En las canciones también, como en “Balada del hombre libre”, que plantea ese contraste al automatismo: liberarse. ¿Esa canción es una respuesta a su propio repertorio? Y, ¿creen que esa canción puede resonar en un país como Venezuela que es calificado como una dictadura?

JA: Estábamos ensayando hace dos días, y bueno, las letras de nuestras canciones, que muchas de ellas se compusieron en la época de la crisis española. Estábamos ensayando el repertorio del acústico y decíamos, ostia, pues esto trasladado a la realidad venezolana puede interpretarse de muchas formas. La “Balada del hombre libre” es una de esas canciones. Realmente no nace de una motivación política. Viene de una experiencia absolutamente personal, y era una vivencia mía. Había cargado con una mochila de mierda, una carga que era superior a mi hombro, y llega un momento en que consigo librarme de ella, y tengo la sensación de recuperar la libertad. Y bueno, soy consciente de que, con mi mochila de mierda o sin ella, al final soy una persona libre que puede tomar muchas decisiones. Es un canto a esa libertad recuperada o reencontrada. Y bueno, pues, puede tener distintas lectura (risas).

–¿Cómo ven desde aquel lado del océano al rock de este lado? ¿Es iuna imagen unificada de las escenas latinoamericanas o la discriminan?

HA: En España dividimos el rock que se hace en Vigo del que se hace en Barcelona, del que se hace en Madrid, del que se hace en Granada. Sin embargo, el sudamericano, o desde México a Argentina, Chile, yo personalmente lo recibo más como empaquetado, no los distingo. Sin embargo, sé que hay muchas diferencias. Conocemos muchas bandas que estás haciendo muchas cosas. De hecho, en Granada se deja caer mucho El Mató A Un Policía Motorizado, que es una banda argentina que nos gusta bastante, y bueno, sabemos que se están haciendo cosas interesantes a este lado del charco.

JA: Sí es verdad que desde España se suele hacer una simplificación, metiendo en el mismo saco a realidades muy diversas; a toda Iberoamérica, Latinoamérica. Ha llegado el último año mucho el pop electrónico chileno, con una diferencia clara con respecto a lo demás. De Argentina, la tradición rockera argentina tan potente ha calado poco, pero Él Mató A Un Policía Motorizado ha llegado muy fuerte, y a nosotros nos parece una banda puntera. Música de Colombia, Venezuela, siempre la hemos vinculado más a un componente mucho más rítmico, bailable. Chile y Argentina puede sonar a un pop más anglosajón, como en España. Y México tiene también una gran diversidad. Nos han llegado mucho de figuras femeninas de México, como Natalia Lafourcade, que tiene una voz increíble.

AL: Tenemos mucho que aprender. Debíamos haber hecho las labores antes de venir, pero bueno, es una tarea que tenemos pendiente, esa que comentas que no sabemos diferenciar. Obviamente, no es lo mismo Él mató a un policía motorizado, que Julieta Venegas, que Natalia Lafourcade, ni que La Vida Bohéme.

JA: Venimos a aprender de música, de la gente, de realidades sociales, de paisajes, porque reconocemos de alguna manera, nuestra ignorancia, y a la vez, nuestra ansia de conocimiento, y nuestra inquietud de conocer, porque hay muchas cosas que nos unen, y sin embargo, desconocemos mucho.


Culminada la gira latinoamericana de Niños Mutantes, la aspiración de los músicos era hacer amigos, “que es un tesoro que te llevas para toda la vida”. En Venezuela, nos decía Juan Alberto, “quiero poder tener una opinión personal, aunque sea de haber estado solo dos o tres días, de un país que es noticia en todo el mundo”. Y en conjunto a sus compañeros agradecieron el cariño de la gente, la sorpresa de la audiencia repitiendo los coros, la buena vibra del concierto en El Hatillo.

Y quizá algún germen para más canciones. Cuando Martínez estuvo de viaje en Costa Rica, en medio de un monzón, terminó componiendo al respecto en “Pura vida”. También le ocurrió en Islandia, con “Glaciares y volcanes”. “A mí lo que más me gusta, después de la música, es viajar y empaparme de los sitios, y ha venido pasando. Y la verdad es que me encantaría que quedara pozo de estos viajes, y que hubiera canciones que estuvieran directamente inspiradas por los sonidos, por las personas y por lo que vivimos en estas dos semanas”.



Fotografías: Víctor Amaya