EDICIÓN IMPRESA 167 - Prince, ese genio

Edición impresa publicada en el semanario TalCual el 20 de abril de 2016.


Prolífico como nadie, genio como pocos, músico como ninguno. Prince es de esos talentos que no se repetirán en la historia. Su carrera, su afición a romper estéticas, estilos y modas y a decir lo puntual en momentos precisos van más allá de la cantidad de discos que protagonizó, que produjo o que entregó a otros.
Por estos días se le calificará de “estrella”, de “Dios”, de “leyenda”. Pero Prince Roger Nelson es más que eso. Es el ejemplo de que el arte no circunscribe formatos, soportes ni carreras. En él todo contaba. Hacía música, claro. Pero también actuaba (malísimo, pero a quién le importa), escribía, diseñaba desde ropa hasta instrumentos musicales, rivalizaba con Michael Jackson y hasta seducía con ese minúsculo bigotito que combinaba con variados peinados: desde las ondas hasta el afro.
Comprometido con su entorno, hizo de su tierra en Minneapolis, Estados Unidos, base de operaciones y destino único de su música. Allí construyó Paisley Park, su cuartel general, su fortaleza llena de estudios de grabación, de salas de ensayo y hasta de lugares que sirvieron para hacer alocadas fiestas, presentaciones de discos privadas, conciertos exclusivos, entrevistas insólitas. Allí nació su leyenda. Y allí murió su cuerpo. Hogar y trabajo. Hombre y artista. Todo junto.
Aprendió a tocar guitarra a los 13 años, comenzó a formar bandas en sus años de secundaria. Eso nunca pararía, porque no solamente las armaba para hacerse acompañar -como con The Revolution- sino para darle salida a tanta música que escribía sin parar, aunque no la fuera a grabar él mismo.
Prince era un enamorado del sonido Telecaster. Armado con una, dio los mejores conciertos de su vida, como el que atestiguó el colombiano Sandro Romero Rey en su libro Rock around the clock. Crónicas de un fan fatal: "Conozco a varias personas que no han ido aún a sus conciertos, porque Prince es insoportable, es creído, es negro, es chiquito, es feo, es exhibicionista, es un 'producto-comercial'. Muy pronto estos escépticos se darán cuenta de que lo extraordinario, lo delicioso, lo maravilloso de este monstruo del escenario es precisamente que es insoportable, es creído, es negro, es chiquito, feo, exhibicionista, y todo eso lo asume a conciencia, lo subraya, lo saca a relucir, rodeado de un talento musical difìcilmente superable, canalizando todo su genio a través de la agitación, el gusto por la escena, y provocando el desconcierto de los espectadores". 
A la Telecaster le debe tanto, que durante una fiesta privada en Candem, Londres, subió a la tarima para tocar con varios amigos -incluyendo Eric Clapton y Ronnie Wood- con una Fender de ese modelo cruzada en el pecho que le regaló Terence Trent D'Arby. En el repertorio de aquella noche incluyó dos éxitos del debut del músico que le había hecho el presente como agradecimiento, "Wishing Well" y "If you let me stay". Cuando optó por usar guitarras con formas particulares, diseñadas para imitar el símbolo que asumió como nombre propio durante siete años, también perseguía su sonido. Aprovechando las seis cuerdas y la referencia fálica del mástil, se entregó siempre a su mejor arte: ser un provocador.
Así fue la vida de Prince, dedicada a incomodar a terceros. Lo hizo con su música, desde aquel primer disco homónimo de 1979 donde incluyó su “Bambi”, una historia de matices lésbicos, pasando por el álbum Dirty Mind (1980) donde él mismo se enfundó en medias de mujer para cantar piezas que le dieron trabajo a la censura; luego con sus piezas sociales de 1981 -en el LP Controversy-, sus bandas sonoras, su Purple Rain, su androginia, sus labiales, sus desnudos, sus retos; hasta llegar a su mensaje en los Grammy 2015: “Como los libros y las vidas de negros, los discos todavía importan”. Una frase para la historia, un llamado de atención durísimo a una industria -y su gente- que dejó de considerar al formato LP como arte y lo comenzó a asumir como una recopilación de sencillos capaces de generar dinero.
Los 44 discos publicados de Prince, son tan solo una parte de su legado que también incluye las canciones compuestas por él pero ejecutada por otros, como las que “regaló” a Martika, Sinnead O’Connor, Chaka Khan y tantos otros; su música publicada bajo, al menos, cuatro pseudónimos; sus 13 sobrenombres; su pleito con Warner que sirve de paradigma; sus siete Grammy, un Oscar y un Globo de Oro; su entrega a Paisley Park que ahora será un templo.
Michael Jackson ganó el título del Rey del Pop. Prince aspiró a la corona, y luego entendió que le quedaba pequeña. Prefería ser el Príncipe de Minneapolis, el pequeño duende púrpura que sobrepasó fronteras de estilos, de tiempos, de épocas, de géneros... musicales y humanos.
Hay mucho que decir de Prince. Estas líneas, escritas minutos después de conocer su inesperada muerte a los 57 años, jamás podrán abarcar su impacto cultural, incluso con las locuras de su Instagram oficial. Su último disco en vida, HITnRUN Phase Two, dejó un sabor inconforme en los más exigentes de  quienes evaluaron las cuatro entregas que firmó en menos de dos años, sus últimos. La vida de un genio está conformada por luces y sombras. En la de Prince, los contrastes fueron arte.

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