ENTREVISTA - La eterna juventud de Paul Weller

La revista Rolling Stone entrevistó a Paul Weller previo a la publicación de su nuevo disco.

Paul Weller (Woking, Inglaterra 1958) se sienta tras salir a fumar un cigarro. Es uno de los pocos vicios que le quedan después de que abandonase la bebida, y con ella su reputación de revientafiestas, que tanto le gusta recordar a su buen amigo Noel Gallagher (Oasis). Han pasado cinco años desde que tomó la decisión y ahora –quién lo diría– se contenta con una taza de té y una cajetilla de Marlboro light. Su máxima, con toda la desnuda lucidez que da la sobriedad, es no perder el tiempo.

“Este año voy a cumplir 57, y joder, todavía me queda mucho por hacer”, dice el músico, hecho un pincel con un jersey de punto azul y unos pantalones de raya diplomática. “El paso del tiempo me hace querer sacar más discos y dejar una obra que merezca la pena. Mis logros serán mis siete hijos y mi trabajo”.

Weller se divide entre el estudio de grabación y sus dos hijos pequeños, los gemelos Bowie y John Paul, dos angelotes rubios que le esperan con su madre en uno de los salones del hotel londinense donde tiene lugar la charla. Es todo un padrazo y parece feliz. Su nuevo álbum, Saturn’s pattern, lo evidencia. Llega casi un año después de la publicación del recopilatorio More modern classics y sigue en la estela de Sonik kicks, un disco de pinceladas krautrock publicado en 2012 que llegó al número uno de las listas del Reino Unido.

Saturn’s pattern, que él define sin querer entrar en detalles como “música del siglo XXI”, incluye el corte "I’m where I should be", en el que se confiesa en paz con el mundo, y la balada al piano Going my way dedicada a su mujer Hannah Andrews, excorista de 30 años con la que se casó en 2010. Dos odas a la satisfacción vital. Weller, sin embargo, es de la opinión de que ser feliz no garantiza buenas canciones: “Es muy difícil escribir sobre la felicidad sin sonar cursi o estúpido. Más complicado que las típicas canciones sobre rupturas amorosas que están repletas de clichés y me aburren soberanamente. Por eso considero que la mejor canción de esta década es 'Happy' de Pharell [Williams]”, asegura satisfecho con el bombazo que acaba de soltar.

Y es que Weller engaña. Puede que su peinado y sus elegantes trajes mods permanezcan inalterables, pero nunca se repite. Para empezar, una de sus mayores fobias son los artistas que caen en la complacencia y  lo previsible. “Coldplay sacan el mismo disco cada dos años, Elbow también, dos bandas que llenan estadios”, comenta perplejo. “Los de mi edad están muertos o están haciendo cabaret, de gira nostálgica. Puede que el público se sienta cómodo escuchando lo que ya conoce, pero a mí no me interesa”. Weller reconoce admirar a músicos que evitan mirar hacia atrás, como Bowie o Robert Plant, pero su inspiración, explica, viene en gran parte del arte visual: “Hace un par de años, el pintor David Hockney montó una exposición con obra nueva hecha con nuevas tecnologías. Era una puta maravilla”.

En 1982, cuando su primer grupo The Jam disfrutaba de un éxito incontestable, Weller decidió desmantelar la formación. Parecía una temeridad, pero a él, que tenía 24 años, no le tembló el pulso. Aunque los años posteriores fueron en ocasiones difíciles profesionalmente y no consiguió asentarse hasta que emprendió una carrera en solitario, sigue pensando que fue un acierto. El tiempo le ha dado la razón. “Una de las razones por las que [The Jam] sigue siendo relevante es que nos detuvimos en el momento justo”, insiste. “Si hubiésemos seguido en activo 30 años no hubiéramos podido mantener el nivel de creatividad. Me aburro enseguida y no se puede avanzar tan rápido con los procedimientos democráticos que requiere una banda. Por mucho que me gusten los Stones y los Who, no podría hacer lo mismo que ellos. ¿Quién ha escuchado el último disco de los Stones?”.

Lo paradójico es que, pese a mirar siempre hacia delante, se le conozca como The Modfather (el padrino mod), y se le siga identificando con el revival mod que lideró The Jam en los 70 y principios de los 80. “Lo del Modfather no significa nada. Es una manera de encasillar, me podrían llamar cosas peores”, dice entre risas. “Hay dos escuelas de pensamiento mod. Hay quienes quieren convencerse de que todavía es 1964, y luego están aquellos que aplican el espíritu modernista a la actualidad y buscan la novedad”. Él predica con el ejemplo, colaborando con jóvenes músicos como Miles Kane e identificando a las nuevas promesas antes que nadie. Uno de sus grupos favoritos es el trío escocés de hip hop Young Fathers, que él seguía antes de que fueran premiados con el Mercury Prize. Con la tecnología, sin embargo, tiene sus reservas. “Me fascina poder hablar con mis hijos desde Egipto, o las posibilidades que hay en el estudio de grabación. Pero las redes sociales son una chorrada”, sentencia. “Además, no creo que ayude a los músicos jóvenes. No es fácil destacar y las discográficas sólo quieren fichar los que ya tienen muchos seguidores online”.

Weller, como Blur o The Smiths, debe gran parte de su lírica al extrarradio. A una tierra de nadie –ni urbe ni arcadia– que impregna las creaciones de una melancólica distancia. Han pasado cuatro décadas desde que el adolescente Weller se gastaba todo el dinero que podía en ropa para poder fardar en los salas de baile de Woking, esa ciudad dormitorio de las afueras de Londres de la que procede. Pero de cuando en cuando sigue recurriendo a los suburbios para inspirarse. “Existe una conexión rara, no sé muy bien cómo describirlo. Una mezcla de sentimientos agradables y oscuridad”.

A principios de los 90, cuando se había quedado sin banda y sin contrato discográfico, volvió a vivir cerca de sus padres, un matrimonio de clase trabajadora a los que admira: “Fue muy beneficioso para mí, me hizo reconectar con quien soy”. Lo que no quiere decir que se vaya a convertirse en otra vieja gloria con mansión en medio de la nada. Weller sigue viviendo en la ciudad del Támesis y no tiene intenciones de mudarse: “Llevo en la ciudad desde que tengo 18 años y me horroriza la idea de vivir fuera de Londres. Soy consciente de mis raíces pero no necesito volver a ellas”.

SATURN’S PATTERN se edita el 18 de mayo.

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